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La verdad sobre los concursos de diseño

Publicado el por Carlos Sebastián Ibarrola
La verdad sobre los concursos de diseño

La palabra concurso tiene algunos significados interesantes en el diccionario de la Real Academia Española, de las cuales me gustaría compartir dos de ellas a modo de contextualizar.

Competencia entre quienes aspiran a encargarse de ejecutar una obra o prestar un servicio bajo determinadas condiciones, a fin de elegir la propuesta que ofrezca mayores ventajas.

Esta definición es interesante, ya que supone una medición de indicadores tangibles a través de los cuales se seleccionará el participante que se encuentra en mejores condiciones de liderar un proyecto determinado. Es importante mencionar que aquí se concluye adjudicando el proyecto en carácter de premio, por lo cual el participante ganador no realiza trabajo alguno antes de haber resultado ganador, lo que implica que solo trabajará una vez elegido vencedor y percibiendo una remuneración por el trabajo a realizarse.

Competición, prueba entre varios candidatos para conseguir un premio.

Esta definición -por el contrario- es menos específica, y propone una prueba para acceder a un premio –y no al desarrollo del proyecto-, es decir, por definición sabemos que una prueba es una mínima parte de algo, una unidad inconclusa, parte de un todo que se encuentra ausente. Esta definición adjudica un premio por “una parte de algo”, y no por “todo ese algo”, tal vez por una propuesta que –a criterio de los evaluadores- tiene mayor potencial de desarrollo.

Estas definiciones se aplican en las contrataciones públicas –por ejemplo-, las licitaciones, donde se pretende reconocer entre diferentes participantes al mejor y/o al más conveniente, para posteriormente trabajar con este en el proyecto. La segunda definición semánticamente tiene una aplicación más académica, puesto que una prueba es retóricamente una instancia donde se mide una parte del conocimiento. Cuando se trata de competencias, las pruebas no se destacan por su efectividad de premiar a los mejores, ya que la singularidad y el tamaño de aquello que se mide en la misma es insuficiente para determinar quien es el mejor participante, sino se premia quien circunstancialmente pudiera resultar el mejor participante en esa ocasión puntual. 

La verdad sobre los concursos de diseño

Para ejemplificar, diremos que una tanda de penales es una prueba en la que no necesariamente Real Madrid sería superior a Olimpia… los resultados son cercanos al 50 % para cada uno, es decir, con un poco de fortuna cualquiera puede vencer. Pero si hablamos de un compromiso completo de 90 minutos, la situación cambia drásticamente, eso esta más cercano a un concurso que a una prueba, donde Olimpia necesitará más que fortuna para superar al rival, y sus probabilidades son –por lejos- más reducidas.

¿Qué pasa en los concursos de diseño?
Los concursos de diseño son particularmente diferentes al resto de los concursos que podríamos conocer en otras profesiones, y esto no es precisamente porque el diseño sea una profesión singularmente particular, al contrario, debería tener el mismo rigor que el resto, pero lastimosamente es una profesión particularmente incomprendida, lo cual hace que esta diferenciación sea negativa, y que la resultante de todo concurso de diseño –por lo general- sea una relación donde todas las partes terminan perdiendo algo.

En un concurso no conviene ofrecer un premio por un proyecto
Cuando se realiza un llamado abierto y se ofrece un premio por un proyecto, lo que sucede en la práctica es que estás gritándole al mundo que deseas que trabajen gratis para ti, y que de todos aquellos que trabajen gratis alguno recibirá una remuneración. Este escenario y estas reglas solo pueden despertar el interés de estudiantes o profesionales que no tienen otra cosa mejor que hacer que trabajar gratis, y el más común de los sentidos nos puede decir que estos seguramente no se destacan por la calidad de su producción.

La verdad sobre los concursos de diseño

Es prácticamente inobjetable que los buenos profesionales y estudios no tendrán ni el tiempo ni el interés de trabajar gratis para nadie, y si esto llegara a suceder, seguro lo harían por un propósito, jamás dentro del marco de un concurso.

Los resultados siempre serán pobres
Cualquier profesional serio sabe que un proyecto de diseño bien realizado toma meses de trabajo, y por lo general los concursos tienen un lapso de tiempo –por lejos- insuficiente, lo que además implica que se trabajará en condiciones inapropiadas y bajo presión. Es así que lo único que puede resultar de un concurso promedio son muestras gratis de algo en lo que podrían seguir trabajando -si hubiera más tiempo y presupuesto-, algo inconcluso, una muestra.

Los evaluadores no son competentes
Por si fuera poco lo expresado anteriormente, hay que añadirle el hecho de ser evaluados por un jurado compuesto -en su mayoría- por personas que tienen un absoluto desconocimiento de lo que debe evaluarse, por ello los criterios de legibilidad, pregnancia, impacto, funcionalidad, pertinencia o coherencia no importan en lo más mínimo, y terminan primando siempre criterios que solo los evaluadores y el más altísimo conoce.

La verdad sobre los concursos de diseño

Esta es una razón más por las que cualquier profesional con un poco de amor propio se priva de la experiencia de trabajar gratis, bajo presión y de ser evaluado por personas sin las competencias necesarias.

Nunca ganan las mejores propuestas
En el país de los ciegos, el tuerto es rey… lo que significa que entre todos las propuestas resultantes de un concurso, por más malas que fueran todas, siempre se tiene la opción de elegir el menor de los males, lo que lamentablemente tampoco sucede porque al ser incompetentes los evaluadores la regla es saltar de la sartén al fuego. Es así que además de obtener propuestas de baja calidad, tampoco existe la posibilidad de reconocer las más dignas, por lo que estas muy raras veces son escogidas y premiadas, ya que solo los evaluadores y el mismísimo Dios saben el modo en que se evalúan las mismas.

Todos pierden
El cliente termina invirtiendo dinero, energía y recursos humanos sin obtener resultados. La mayoría de los estudiantes y diseñadores que aplicaron terminan trabajando gratis, y los pocos que circunstancialmente resultaron ganadores terminarán siendo escrachados públicamente en las redes sociales por su pobre desempeño, tanto que dudarán si han sido los únicos ganadores o los únicos perdedores. Y finalmente, lo que es todavía peor, dependiendo de la exposición del proyecto la vergüenza puede siempre escalarse y heredarse a todo el mercado como referencia de su calidad y profesionalismo.

Esto es lo que sucede en los concursos de diseño. Y si debemos hablar de cómo mejorar esa realidad, la respuesta sería esta:

Todos los concursos deberían ser cerrados y con invitación.
Si usted desea calidad, su concurso no debe ser abierto, sino cerrado y con invitación. Y si desea solicitar una muestra a cada participante, debe disponer de un presupuesto para ello, amén del presupuesto para el desarrollo de la propuesta ganadora.

Realice un concurso de oposición
Si usted desea resultados, que su concurso no sea por proyectos, sino por experiencia en el campo y casos de éxito, como en cualquier licitación convencional. Elija al mejor y pague por el proyecto.

Seleccione un jurado competente
Conforme un jurado que pueda evaluar aspectos técnicos y comunicacionales, haga todo lo posible para no ser parte del mismo, encárguese de que solo este formado por profesionales del diseño y de la comunicación.

Si su proyecto tiene fines comerciales, evite los concursos.
Si su proyecto es corporativo evite los concursos, pague por un proyecto. Un concurso solo lo hará quedar como alguien que no desea pagar por lo que desea obtener, además las posibilidades de obtener algo que funcione son escasas y nadie estará de acuerdo con su elección.

Recurra a esta modalidad solo si su proyecto es altruista y no tiene presupuesto
Si su proyecto no tiene fines de lucro y además no dispone de presupuesto, es la ocasión ideal de realizar un concurso que sea cerrado, de oposición y que cuente con un jurado competente, un escenario donde todos actúen en función del propósito y no de la remuneración.